No es la primera vez que, al compartir sobre la práctica espiritual y la transformación social, me comentan que es idealismo o que es pasivo. Nada más alejado de la realidad.
Ayer compartí un párrafo de un libro que estoy leyendo en comunidad: Zen en la plaza del mercado, escrito por el monje budista Dokushô Villalba. Hace una fuerte crítica al capitalismo, a la “religión del mercado”, como él le llama, y habla de cómo este sistema económico nos ha enfermado. Sin embargo, hay una cura: el camino que hace miles de años nos legó el Buda Shakyamuni.
Un querido lector me comentó entonces que, cuando se trata de política y sociedad, hay que ser menos idealistas y más materialistas.
Y me recordó a otra ocasión en que me comentaron algo parecido en un trabajo que tuve. Se trataba de un proyecto que se dedicaba a investigar sobre democracia y justicia social y, a su vez, proponer acciones para mejorar nuestra vida en sociedad. Alguna vez, una única vez, me atreví a hablar de las herramientas que disciplinas como el yoga y el budismo nos ofrecen para lograr verdaderos cambios sociales. El director del proyecto simplemente me interrumpió y comentó algo así como que esas cosas no funcionaban porque ser “pasivos” no aporta nada a la sociedad, y siguió con lo suyo.
Inmediatamente me di cuenta que el perosnaje en cuestión no sabe nada de estos temas. Cosa que se entiende perfectamente, se requiere mucho estudio y la guía de un maestrx. Hay muchos prejuicios y mucho desconocimiento en Occidente al respecto.
Por otro lado, este contacto y esta experiencia también me permitieron darme cuenta que los valores democráticos y de justicia social deben ponerse en práctica y no solamente quedarse en los discurosos académicos. La persona de la que les cuento, era autoritario, casi dictatorial, así como me interrumpió a mí, sin el respeto por mantener silencio y escuchar, solía comportarse con todxs. Hablaba de democracia, pero sólo su palabra valía; hablaba de justicia social, pero los ritmos de trabajo rayaban en la explotación; hablaba de feminismo, pero mis colegas y yo éramos abiertamente maltratadas. Todo muy capitalista para un espacio que estudiaba y pregonaba el marxismo.
Esto se los cuento porque es un microcosmos de lo que suele suceder en la realidad.
Observemos, por ejemplo, los actuales gobiernos en México. Hablan, también, de justicia social, de democracia, de comunidad, se dicen abiertamente de izquierda, pero en la práctica estamos viendo gobernantes autoritarios que son incapaces de autoobservarse y escuchar. Eso del color morado en la Ciudad de México es un burlesco ejemplo de ello.
Lo anterior me ha dejado una lección invaluable: sólo el trabajo espiritual, ese que nos transforma desde adentro, puede realmente transformar a una sociedad.
Villalba, precisamente, dice, el cambio de un individuo puede parecer menor o insignificante, pero de individuo en individuo, nos convertimos en millones. Esa es la apuesta de la práctica espiritual.
El budismo zen no es una teoría económica ni política, en el sentido tradicional de ambos términos. Es sobre todo un camino de despertar la conciencia y de transformación individual, una forma de vida que busca la armonía consigo misma y con las relaciones que sustentan nuestra existencia individual, tanto entre los seres humanos como con todos los elementos que conforman la vida. Pero dado que la sociedad está formada por individuos, la transformación de millones de individuos se convierte inevitablemente en transformación social.
El budismo zen es una economía existencial que apunta a un estado de felicidad global. Una economía de la felicidad global como la que propone el budismo zen no es solo posible, sino urgentemente necesaria.
Es así que, si no nos transformamos desde adentro, de manera individual, todo cambio social quedará en la teoría, en el discurso, en los libros, en los púlpitos.
Si el individuo, cuando llega al poder –sea un puesto de gobierno, sea un puesto empresarial–, sigue teniendo un ego inflado, sigue velando sólo por sus propios intereses, a costa de lxs demás y del entorno, muy seguramente seguiremos en las mismitas prácticas de explotación capitalista. En cambio, si el individuo ha transitado el trabajoso camino espiritual, muy probablemente haya desarrollado un cierto grado de conciencia que le permita entender que no es un individuo aislado, que todxs estamos interconectados y que nuestras acciones tienen consecuencias.
Cuando hablo del individuo, sin embargo, no me refiero al individualismo capitalista, ese que nos engañó sobre la meritocracia y nos fragmentó. No. De hecho, el budismo no cree en el individuo. Anatta es una de las marcas de la existencia según el propio Buda, es decir, no existe el individuo, no hay tal cosa como un “yo”, no estamos separados, somos en correlación con lxs demás y con el entorno, es el famoso “somos uno” de este tipo de tradiciones espirituales. La paradoja está en que sí, es el individuo el que se tiene que transformar, sí tenemos que trabajar todos los días por tomar decisiones más compasivas, y ese trabajo no lo va hacer nadie más que nosotros mismos, pero ese trabajo se verá reflejado en lo colectivo.
Por otro lado, la práctica espiritual está lejos de ser idealista. El gran objeto de reverencia en el zen es la realidad tal y como es, la gran práctica del zen es la aceptación radical de la realidad tal y como es. No hay mantras, no hay música, no hay visualizaciones, no hay dioses, no hay paraíso. El Nirvana y el Samsara son aquí y ahora, con este cuerpo, en este preciso instante.
Acabo de leer un texto de mi maestro que dice:
El budismo nos enseña a no aceptar pasivamente nuestra situación. Los budistas trabajamos para eliminar el sufrimiento en nosotros mismos y en los demás, y nos esforzamos para aliviar las condiciones negativas, como la pobreza y las enfermedades.
Kyonin
Nuestro trabajo de todos los días es servir a lxs demás. Algo nada sencillo cuando estamos dominados por un sistema económico y cultural que ha priorizado nuestro ego.
La práctica espiritual no es fácil, ni mucho menos pasiva. Se requiere atención consciente todos los días y mucha valentía. Pero podemos sanar. Es la gran medicina que nos legó el Buda. Y si sanamos como individuos, sanaremos como sociedad. Simplemente porque nuestra gran tarea diaria es no hacernos daño.
Ustedes disculparán, pero eso de andar hablando de democracia e igualdad en los púlpitos y en la práctica andar maltratando a lxs demás, no, no ha dado buenos frutos. No ha funcionado nunca.
¿Por qué no atrevernos a probar otros caminos?
Esta es sólo mi opinión personal y no es importante.
Imagen: Adobe Express

