Tenía varias semanas sin escribir esta reflexión, me sentía un poco cansada de las catástrofes geopolíticas, sociales y económicas. Y, obviamente, mi cuerpo me cobró el precio.
Las últimas semanas he tenido algunos detalles con mi salud que me han obligado a autoobservarme muy profundamente.
Como saben, tiene muchos años que hago yoga y medito, es decir la autoobservación es parte de mi práctica diaria, necesarísima para ver cómo estamos y cómo podemos gestionar nuestro día a día para encontrar equilibrio. Se supone, se supone que la práctica nos invita a eso todos los días.
Sin embargo, el cuerpo no miente. Sus reacciones son auténticas, dice lo que nosotros mismos no nos atrevemos a reconocer.
Estas semanas mi cuerpo expresó ciertos síntomas que me revelaron que había estado viviendo bajo muchísima presión y mucha autoexigencia. Aun cuando cada mañana en el tapete de yoga practico la compasión. Esto fue muy interesante porque me di cuenta que a veces no estamos necesariamente conectados, hacemos la práctica sólo creyéndole a la mente discursiva, pero no estamos realmente haciendo yoga, la unión entre cuerpo y mente.
Me ha conmovido muchísimo el límite al que llevé mi cuerpo.
Y sin duda, la realidad actual no ayuda.
Estos días estuve platicando mucho con mi hermana sobre varios de los temas que aquejan al mundo y cómo nos están afectando directamente en nuestra salud, por ejemplo, los sueldos precarizados, el alza de precios, empresas que dejan de contratar gente y explotan a los pocos que allí trabajan. Pareciera que el cierre del Estrecho de Hormuz está lejos de nosotros, lo cierto es que estamos viendo las consecuencias en los precios de las gasolinas y en los productos que compramos en nuestra cotidianidad.
La realidad es que acceder a las noticias es solamente llenar nuestra mente de malas noticias: tiroteos, asesinatos, guerras, genocidio, colapso económico, hipervigilancia…
Al observar todo esto, es claro que muchas personas estemos atravesando retos con nuestra salud mental que, inevitablemente, se manifiestan en el cuerpo físico.
Estos días he intentado consumir otro tipo de contenidos, pero es difícil encontrar algo enaltecedor. Incluso los podcasts del espectáculo están llenos de violencias: infidelidades, discursos de odio, celebridades cuya salud mental también colapsa, que si son clones, las consecuencias del ozempic. Entonces me decido por escuchar contenidos alrededor del yoga o del budismo, pero a veces eso también me ha parecido cansado, lo siento como que estoy haciendo tarea continuamente y me recuerda demasiado al trabajo interno que “hay que hacer” para sentirnos mejor.
Me gusta ver programas de viajeros o documentales de animales, sin embargo, me he dado cuenta que las plataformas cada vez ofrecen menos ese tipo de contenido. ¿Será que hay una ofensiva directa en contra de nuestra salud mental? ¿Se fijan que también cada vez hay menos chick flicks o guiones con historias “bonitas”?
Claro, a todo el bombardeo mediático, hay situaciones personales que también hay que considerar pero que no las separo. Es decir, lo que he observado hasta el momento es que la autoexigencia y la presión surge de los miedos y el odio que se nos inocula todos los días.
Por obvias razones, platiqué con mis maestros y no hay nada nuevo bajo el sol: el cuerpo se va a estabilizar una vez que se estabilice el sistema nervioso. Y nadie va a hacer el trabajo por mí.
Desde mi experiencia personal, la lección que he encontrado es que no se trata tanto de cultivar una mente ecuánime en medio del caos, sino permitir que las emociones que surgen con el caos, fluyan, no reprimir lo que estamos sintiendo, fingiendo que todo está bien. La lección más valiosa para mí estas semanas ha sido amor: tratarme bien, tratarme con compasión, permitirme.
Ustedes, ¿cómo están?
Todo esto es sólo mi opinión personal y no es importante.
Imagen: Adobe Express

