Ya había compartido sobre lo conmovida que estaba por la unión social que había generado el Mundial. Pero ahora que acabó, ¿podremos mantener la fraternidad?
He observado que este Mundial significó muchas cosas a nivel de emociones colectivas, y dependiendo de cómo se encuentren los pueblos, se experimentó de las más diversas maneras.
Para México, por ejemplo, desde mi punto de vista, fue un momento de unión, o de re-unión. Venimos de procesos políticos muy intensos que nos dividieron, y esta fiesta mundialista nos permitió reencontrarnos alrededor de la cancha; todos los mexicanos, sin importar filias ni fobias, estábamos apoyando a la Selección. ¡Y fue hermoso!
Espero que podamos mantener algo de esto en nuestros corazones. Nuestra experiencia cotidiana puede transformarse por completo si nos comprometemos a ello.
¿No sentían que las personas ya estaban muy irritables? En el tráfico nadie dejaba pasar, o aventaban lámina, o pitaban, o te la mentaban; los motociclistas más de una vez patearon mi coche, y eso que yo soy la más pacífica al volante. No exagero.
El servicio a cliente también se ha vuelto muy ríspido: las personas que atienden en cajas de bancos o de los supermercados, los meseros, los servidores públicos, etcétera, atienden con desprecio, como enojados, a veces hasta groseros.
Y saben qué, los entiendo. Nos entiendo. Hay mucha incertidumbre y mucha preocupación.
Así que espero que estos días nos hayan servido de catarsis y de ejemplo, que podamos encaminarnos hacia un trato de más respeto, compasión y empatía.
El pueblo argentino, por su parte, tuvo su propia dosis de emociones, pero atravesadas por las particularidades de su proceso social.
Es una nación golpeadísima por las políticas de Milei, su economía está destruida, muchas familias apenas tienen para comer, y mientras todos mirábamos el Mundial las tierras argentinas se remataban al mejor postor. Lo que está sucediendo en Argentina es lamentable y peligroso. Sin duda los ánimos colectivos lo han resentido.
El triunfo de la selección albiceleste hubiera significado mucho para el pueblo argentino, una alegría, un rayo de luz en medio de todo lo que viven. Así que, finalmente, ante la derrota, lo que quedó fue lo que vimos: el enojo, la rabia, la violencia. Y lo siento mucho por ellos, de verdad.
Estoy deseando mucho que el mundo encuentre pronto su camino de regreso a una convivencia más pacífica.
No soy ingenua. Sé que la historia nos cuenta que siempre ha habido luchas por el poder y resistencias. Sé también que los deseos desbocados son los que nos hacen sufrir. Pero definitivamente el discurso de Trump que se puso de moda, ese de ser autoritario, grosero, descarado y que empezaron a repetir personajes menores como Milei y hasta los jefes en los trabajos, es ya insostenible.
Me gustaría pensar que esto lo peor que vamos a ver y que de aquí, entonces, sólo queda que el ciclo vuelva a estados más serenos. Lo cierto es que los gobiernos fascistas impuestos por Estados Unidos apenas se están instalando en América Latina, quizá nos queda todavía un trecho de esta etapa.
Así que, cuando se requiera, ¿podremos recordar estos sentimientos de unión y hermandad?
Ojalá que sí, ojalá que sí.
Para empezar, no hay que caer en las campañas de odio que circulan en redes sociales, campañas antimexicanas, antiargentinas, antiecuatorianas. Somos pueblos hermanos y solo a unos cuantos, ya conocidos, conviene dividirnos, separarnos. Mantengamos los ojos, y el corazón, bien abiertos.
Por mi parte, tengo una tarea para todos los días –que además, como budista, debería prestarle mucha atención–: dejar de sentirme separada, y servir a lxs demás, a todxs por igual.
Esta es sólo mi opinión personal y no es importante.
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